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sábado, 24 de marzo de 2012

Manuel Duque vous propose LA LÉGENDE DORÉE DES DIEUX ET DES HÉROS ou le retour a une litterature picturale.

 

El 23 de abril de 1963, a las 9 de la noche, Manuel inauguró en la Galeria Breteau de París la que sería la exposición más importante de su vida, entendida como acto público. En ella, y anticipándose en unos años a lo que sería el devenir de la pintura, dio un paso aparentemente sin precedentes en su trayectoria experimental: abrazó la figuración como lenguaje pictórico. En este acto trascendental confluye toda su reflexión pictórica anterior y le sirve de base para todo su trabajo posterior. La Légende dorée des dieux et des héros siempre estuvo en el centro de todo el discurso de Manuel. Siempre que hablaba de su pintura hablaba de ello como su mayor logro: la superación de la abstracción.

Neptune, 1963
óleo sobre tela, 269x160 cm 


Sin título, 1963 
óleo sobre tela, 195x247 cm

Le char d´Apollon, 1963
óleo sobre tela, 195x248 cm

La chute d´Icare, 1963
óleo sobre tela, 150x200 cm

Les amours de Vénus, 1963
óleo sobre tela, 130x98 cm

Tu ne peux espérer la fin de cette agonie, 1963
óleo sobre tela, 150x199 cm

Au séjour de l´éternelle félicité, 1963
óleo sobre tela, 114x161 cm

Sin título, 1963
óleo sobre tela, 114x162 cm

Sin título, 1963 
óleo sobre tela, 97x130 cm

David et Goliat, 1963
óleo sobre tela, 114x162 cm


Le Parnasse, 1963
óleo sobre tela, 340x190 cm

Pegasus, 1963
óleo sobre tela, 149x198 cm

Sin título, 1963 
óleo sobre tela


Estudios para Pegasus, 1963
pastel sobre papel, 70x60 cm

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viernes, 6 de agosto de 2010

La "verdad artística"

"He comprendido el arte abstracto debido a una exposición de Miró que vi en España antes de marcharme a París. Miró fue el primer pintor al que me enfrentaba y no era capaz de entender, el primero que realmente fue difícil para mí. Es decir, no entendía por qué pintaba esas cosas. Cuando fui a ver la exposición la gente se reía. Todo el mundo en la sala se preguntaba que quería decir eso que miraba y entre burlas decían que se trataba de una tomadura de pelo. Yo me sentía intrigadísimo. “Pero ¿qué tendrá esta obra para que...? una mancha, una estrella...” 

 

Recuerdo que compré seis tarjetas postales, seis reproducciones, y las colgué en mi habitación. Yo quería comprender y de esta manera las tenía a la vista y podía mirarlas cada vez que pasaba: tenía que mirarlas. Me costó mucho. ¿Era realmente un caradura como la gente decía? ¿o había algo a lo que yo no era capaz de llegar? Y así, pensando, pensando, me dije: “escucha, Manuel, un libro tú lo ves, es algo visible, está ahí, es real, lo puedes coger y abrir incluso. Pero si tu no lo sabes leer, entonces no sabrás nada, nunca sabrás lo que es un libro. Hay que saber leerlo. Es posible que lo que ocurra es que yo no sepa leerlo”. Fue esto lo que me permitió no creer que se trataba de un impostor. Por que yo no condeno a alguien cuando no lo comprendo. Digo que es un impostor cuando verdaderamente conozco una cosa y veo realmente que no hay nada. Y para eso hay que meterse dentro. Una cosa mal dibujada puede tener su encanto, pero el que no quiere ver este encanto, solamente ve una cosa mal dibujada. Y si un Degás está como sin terminar la gente dirá “este cuadro está sin terminar” en vez de dejarse llevar por ese encanto de lo que Degás llevaba. Una cosa inacabada puede ser maravillosa pero la gente no se deja entrar en la obra.

Y eso mismo me pasaba a mí, que no era capaz de penetrar en lo que veía. Hasta que un día me vino la revelación y comprendí que no había nada que comprender, me entró la... Entonces es cuando ya entendí el arte abstracto y debido a él pude entender toda la pintura.


Yo quería saber más pero aquí, en España, en aquel entonces, era imposible profundizar. Veía cuadros de Miró y de Picasso y no los entendía. Es decir, no entendía el porqué. Y fue cuando empecé a intuir que la pintura no es solamente pintar un cuadro. Tenía que haber algo más porque el atrevimiento o esta libertad que habla no es suficiente: hay que saber qué es una libertad. Fue por esto que decidí ir a París, para averiguar que podía haber detrás, en el pensamiento de estos hombres. Así que hice todo lo posible para reunir un poco de dinero, dije en casa que me marchaba y me fui a París. No me había formado ninguna idea pero creía que era ahí donde podía encontrar esta verdad con la que yo pudiera continuar, poner mi... Por que pienso que el temperamento no es todo, nacer pintor no es todo, necesitas una motivación. Esto es lo que yo llamo la verdad artística. Y después yo aportar mi temperamento. Pero antes de nada hay que buscar esta verdad para que tú puedas expresar todo lo tuyo, ya que lo tuyo es únicamente la fuerza y sensibilidad.

Una vez estuve en París traté de profundizar muy rápido, intenté comprender el porqué de todo este debate que había entonces. Llegué sin saber nada y no era cuestión de decir éste me gusta más que otro. Poco a poco fui conociendo gente que me interesaba mucho lo que decía, aunque no lo acabara de entender todo. Pero a base de ir constantemente del Louvre al Jeu de Paume, y de ahí al Museo de Arte Moderno, iba comprendiendo la diferencia, me iba formando una idea. Es decir, yo no entendía cómo un señor como Picasso deformaba las cosas mientras... Entonces a base de preguntas, a base de reflexión, a base de estudio fui comprendiendo la profundidad del arte. Fue un aprendizaje totalmente personal a través del conocimiento de los más grandes pintores."

Manuel Duque
(extracto de Entrevista con Maite Barrio)


*Las obras de Miró y Picasso no corresponden con las postales que Manuel cita. Simplemente son obras de esos años que sólo pretenden ilustrar el texto. 

jueves, 20 de mayo de 2010

Rehabilitar la pintura

"En 1954 fui a París en busca de la verdad artística, pero me encontré con que allí imperaba un enorme confusionismo. Según pude comprobar, el hilo conductor de los valores pictóricos se había interrumpido hacia 1918 con el movimiento Dadá; después de éste no había surgido nada auténticamente nuevo, el pensamiento se había detenido con él.

Sin embargo era indudable la existencia, más que de una auténtica evolución, de un academicismo creciente.

¿No había nada después de Dadá? ¿Se había terminado definitivamente el arte? Y al margen de estas preguntas: ¿qué es el arte?, ¿para qué sirve?, ¿qué es la pintura?, ¿qué fuerza nos había empujado a alcanzar ese nihilismo total? Tales eran los problemas con que debía enfrentarme y que intentaría resolver.

Estableciendo este hecho y buscando una posible salida, me propuse desandar el camino recorrido en el sentido inverso. Ello requería que yo mismo me convirtiese previamente en real, es decir, tenía que destruirme, ponerme a cero y eliminar dentro de mí todo componente intelectual. No debía conservar más que la emoción de mi ser más profundo, debía reintegrarme totalmente en la naturaleza, para formar con ella una sola unidad y así renacer. Encontrándome en un mundo en el que el realismo carecía de sentido, no debía pensar del modo anterior, sino sentir. En otras palabras, dar de nuevo la vuelta al reloj de arena y substituir la doctrina realista por la idealista.

En consecuencia, pictóricamente tuve que volver a empezar desde el principio, tomando como punto básico de partida “el claroscuro”, con lo que me enfrentaría, utilizando tan sólo el blanco y el negro. Rehusando toda materia. Así fue como empezó mi primera etapa creativa, confundida con lo que algunos, más tarde, llamaron, nuagisme.

En 1958, cuando alcancé un dominio pleno de la estructuración del claroscuro, añadí a mi pintura el color, pero sólo los colores primarios, entremezclados por simple transparencia. En 1959, introduje como nueva expresión pictórica “el grafismo”, sin enfrentarme con ningún problema de significación.

En 1962, necesité incorporar definitivamente a mi pintura un nuevo elemento,“el tema”, una evocación humana de la naturaleza en la que primero me serví de su objetividad metafísica, “el mito”, continuando más tarde inspirándome con sus dramas y tragedias, que son la motivación de su lenguaje pictórico, mediante lo que denominé literatura pictórica.

Más tarde, como divulgación y confirmación de dichas ideas, organicé con la Galerie Breteau varias exposiciones de choc, que llamábamos exposiciones de reflexión. Ahí se demostraba la existencia palpable de un academicismo ya mentado, fruto final y definitivo de la doctrina realista."

Manuel Duque
París, 1965 


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